Sobre Ladrilleros, de Selva Almada

12 Jun

Echado boca arriba, uno, echado boca abajo, otro, los dos protagonistas de Ladrilleros, Pajarito Tamai y Marciano Miranda, se están muriendo desde el comienzo de la novela, luego de una pelea de cuchillos, y en ese transe alucinatorio, sumidos en el asfixiante clima del litoral, como ocurriera con algunos personajes de Horacio Quiroga, la conciencia divaga. Son sus vidas e historias familiares las que se representan en ese teatro espectral y fragmentado, un jardín de senderos que en vez de bifurcarse confluyen, o ese mismo jardín recorrido en sentido inverso, como si el final hubiese estado, de alguna manera, predestinado en la sucesión de pequeños accidentes y situaciones que, a la manera de ladrillos, han sabido dar sustancia a las paredes y cuartos de sus muertes de barro.

Luego del sonado éxito de público y crítica de El viento que arrasa (2012), Selva Almada retoma el paisaje “del norte” para construir en él un sistema de trama y correspondencias completamente distinto –abundante y pletórico–, sin abandonar el juego continuo con la tensión y una concepción del personaje como individualidad y retrato social. Confirma su propósito de avanzar sobre relatos sutiles pero al mismo tiempo directos, desbrozadas tanto del guiño fácil como de la ironía propia de la autoconciencia literaria, paisajes de palabras que se despliegan desde un minucioso control de lo que se cuenta, con una voz dotada de aplomo, resolución y una perturbadora y notable calma, a partir de un procedimiento constante de superposición y desplazamiento temporal que sólo una lectura apresurada equipararía al montaje cinematográfico.

Paradójicamente, tal vez el hallazgo más notable de Ladrilleros resida en el registro de lo incómodo de esa misma posición narrativa. A diferencia de los pasados en los que podría establecerse una filiación para Almada (Saer, Di Benedetto, Conti), la suya es una voz calma pero desgarrada. Rechaza de plano la lengua impecable y literaria de una mirada olímpica que la distanciaría de sus personajes, pero al mismo tiempo reconoce la imposible de una completa asimilación.  “Y bajó con la lengua tiesa por la canaleta del culo. Cuando Celina empezó a temblar, la agarró por las caderas y la sentó de golpe sobre la verga dura. Ahora sí, con las dos manos disponibles, le amasó las tetas, se las juntó por delante, los pezones frotándose, y después se las tiró para atrás y metió la cara debajo de sus sobacos para alcanzarlas con la lengua. Celina, por su parte, pegaba saltitos cortos, acompañando los movimientos del coito”. Si canaleta del culo, verga, amasó las tetas y sobaco pueden leerse como parte de un movimiento que re-introduce la lengua de los personajes en la del propio narrador, coito es allí el signo de una distancia, de la escisión lingüística y fatalmente de clase a partir de la cual se constituye esa misma figura y el problema de la producción de literatura, denunciando casi como impostación cualquier intento de un realismo lineal, periodístico y directo.  

Publicado en Los inrockuptibles, junio de 2013

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